El amakakeru ryu no hirameki es la técnica secreta del estilo Hiten Mitsurugi. Básicamente consiste en desenfundar la espada a toda velocidad mientras se corre hacia el oponente. Pero esa es la primera parte del ataque, ya que la idea de ese primer movimiento es generar un vacío en frente de uno, y por la diferencia de presiones atraer al enemigo hacia un golpe de una violencia gigantesca. Para más claridad, un testimonio:
Y tratando de sobrepasar el asco de día que fue ayer, es que esta tontería tomó forma. Es que eso fue justamente lo que pasó. Piensen bien: primero una ola de vacío que me invadió, saliendo de la nada. Y después la mente disparó todas las dudas y problemas que traía encima en un último y destructor golpe.
O sea, ayer me comí un amakakeru ryu no hirameki en el medio del alma.
Por suerte después terminé de bajar Akira, y me puse a leerlo. Sobra decir que si no lo leyeron lo tendrían que hacer. Yo todavía no lo terminé, pero estoy en eso.
Y como lo sospechaba la noche tampoco iba a ser fácil. Despertarme cada media hora, sueños locos (hubo uno cortito con Kaneda y Tetsuo como soñados invitados). Pero en la mañana, en viaje de trámites y burocracia vino la cura. Yo creo que ella es la Diosa. Ella tiene todas las respuestas, ella es perfecta.
Ahora escribo feliz. Para la próxima con dos palitos de helado, hilo choricero y un muñeco de trapo les muestro como los medios manipulan la opinión. Pero primero termino de leer Akira.
Datos inútiles, teorías prestadas, recuerdos innecesarios, citas de libros conocidos por casi todos, y hasta por ahí, alguna opinión sobre temas que no interesan. Esa podría ser la descripción de este espacio, pero creo que la pregunta "¿Y esto para que me sirve?" es mucho más precisa. Quien dice por ahí algo de todo esto le sirva a alguien.
lunes, 10 de enero de 2011
domingo, 9 de enero de 2011
Este no es el Twitter de un emo
No hay caso. Hoy me siento como la mierda, y sin ningún motivo (consciente). Tal vez estuve pasando demasiado tiempo conmigo mismo. Pero como sea, hoy no hay "un hálito de música o de sueño, algo que casi haga sentir, algo que impida pensar". Y dormir tampoco me parece que sea una buena idea, si no puedo dejar de pensar, menos de soñar.
Odio estos días.
Odio estos días.
viernes, 7 de enero de 2011
Too old to think on a post name
Fueron dos las veces durante diciembre en las que el miserable que rige nuestros destinos me recordó que se venía el cambio de década. Y ayer también me tiró otro aviso.
Lo que más me preocupa es que no es lo mismo un boludo de treinta que uno de veintipico...
For those of us who try to keep remembering,
Try to do our better than our best.
Try to do our better than our best.
jueves, 6 de enero de 2011
Me comprendes, Mendes?
Ahora somos por lo menos dos los que opinamos eso. Iba a extenderme, y diluirme en explicaciones que nadie necesita, pero creo que lo más adecuado sería decir que cada persona desarrolla preferencia por distintos patrones de belleza, más o menos obvios.
Así que Eva, te acompaño en el sentimiento...
miércoles, 5 de enero de 2011
Para el gordo que lo mira en el polo
Bueno, estamos a horas de que nuevamente irrumpan ilegalmente en casa. Pero como dije ayer, tras arduas negociaciones conseguí que el trío más conocido del mundo (no, los midachi no. Y los power rangers eran cuatro) pasara por este antro de perdición (en realidad solo hable telefonicamente con ellos) y dejara (via correo Argentino) algunas cositas, "de lastima que nos das, nomás" según Melchor me habia dicho antes.
Apenas se va el cartero me fijo que hay en la bolsa de consorcio que dejó. Veo un par de paquetes, envueltos en papel de diario.
El primero tiene una notita de Gaspar, escrita con un Jovi verde. Dice: "Como sé que acá no funciona mucho el texto abundante te regalo este cuento de O. Henry". Abro el paquete y...
Siempre sospeché que Gaspar tenía algo en contra mío. Pero bueno, la bolsa todavía tiene un paquete más. Lo abro, y leo la nota, de Melchor esta vez. "Mirá negrito" escribió el viejo, "te harás el que lee, sabras sumar y restar, pero nosotros sabemos que es lo que te gusta. Tomá, el primero es gratis".
Apenas se va el cartero me fijo que hay en la bolsa de consorcio que dejó. Veo un par de paquetes, envueltos en papel de diario.
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| Gaspar, apurando un traguito |
El regalo de los Reyes Magos
Un dólar y ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y setenta centavos estaban en céntimos. Céntimos ahorrados, uno por uno, discutiendo con el almacenero y el verdulero y el carnicero hasta que las mejillas de uno se ponían rojas de vergüenza ante la silenciosa acusación de avaricia que implicaba un regateo tan obstinado. Delia los contó tres veces. Un dólar y ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era Navidad.
Evidentemente no había nada que hacer fuera de echarse al miserable lecho y llorar. Y Delia lo hizo. Lo que conduce a la reflexión moral de que la vida se compone de sollozos, lloriqueos y sonrisas, con predominio de los lloriqueos.
Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la segunda etapa, echemos una mirada a su hogar, uno de esos departamentos de ocho dólares a la semana. No era exactamente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la policía lo habría descrito como tal.
Abajo, en la entrada, había un buzón al cual no llegaba carta alguna, Y un timbre eléctrico al cual no se acercaría jamás un dedo mortal. También pertenecía al departamento una tarjeta con el nombre de "Señor James Dillingham Young".
La palabra "Dillingham" había llegado hasta allí volando en la brisa de un anterior período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de "Dillingham" se veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta y humilde "D". Pero cuando el señor James Dillingham Young llegaba a su casa y subía a su departamento, le decían "Jim" y era cariñosamente abrazado por la señora Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al lector como Delia. Todo lo cual está muy bien.
Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas con el cisne de plumas. Se quedó de pie junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada centavo, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la semana no se va muy lejos. Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo eran. Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Su Jim. Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino y especial y de calidad -algo que tuviera justamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim. Entre las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes un espejo de cuerpo entero en un departamento de ocho dólares. Una persona muy delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De repente se alejó de la ventana y se paró ante el espejo. Sus ojos brillaban intensamente, pero su rostro perdió su color antes de veinte segundos. Soltó con urgencia sus cabellera y la dejó caer cuan larga era.
Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo. Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra era la cabellera de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el departamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para verlo mesándose su barba de envidia.
La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada de pardas aguas. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura. Y entonces ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente. Por un minuto se sintió desfallecer y permaneció de pie mientras un par de lágrimas caían a la raída alfombra roja.
Se puso su vieja y oscura chaqueta; se puso su viejo sombrero. Con un revuelo de faldas y con el brillo todavía en los ojos, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las escaleras para salir a la calle.
Donde se detuvo se leía un cartel: "Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases". Delia subió rápidamente Y, jadeando, trató de controlarse. Madame, grande, demasiado blanca, fría, no parecía la "Sofronie" indicada en la puerta.
-¿Quiere comprar mi pelo? -preguntó Delia.
-Compro pelo -dijo Madame-. Sáquese el sombrero y déjeme mirar el suyo.
La áurea cascada cayó libremente.
-Veinte dólares -dijo Madame, sopesando la masa con manos expertas.
-Démelos inmediatamente -dijo Delia.
Oh, y las dos horas siguientes transcurrieron volando en alas rosadas. Perdón por la metáfora, tan vulgar. Y Delia empezó a mirar los negocios en busca del regalo para Jim.
Al fin lo encontró. Estaba hecho para Jim, para nadie más. En ningún negocio había otro regalo como ése. Y ella los había inspeccionado todos. Era una cadena de reloj, de platino, de diseño sencillo y puro, que proclamaba su valor sólo por el material mismo y no por alguna ornamentación inútil y de mal gusto... tal como ocurre siempre con las cosas de verdadero valor. Era digna del reloj. Apenas la vio se dio cuenta de que era exactamente lo que buscaba para Jim. Era como Jim: valioso y sin aspavientos. La descripción podía aplicarse a ambos. Pagó por ella veintiún dólares y regresó rápidamente a casa con ochenta y siete centavos. Con esa cadena en su reloj, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el reloj era estupendo, Jim se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la gastada correa que usaba en vez de una cadena.
Cuando Delia llegó a casa, su excitación cedió el paso a una cierta prudencia y sensatez. Sacó sus tenacillas para el pelo, encendió el gas y empezó a reparar los estragos hechos por la generosidad sumada al amor. Lo cual es una tarea tremenda, amigos míos, una tarea gigantesca.
A los cuarenta minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y apretados que la hacían parecerse a un encantador estudiante holgazán. Miró su imagen en el espejo con ojos críticos, largamente.
"Si Jim no me mata, se dijo, antes de que me mire por segunda vez, dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¡Oh! ¿Qué podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?."
A las siete de la noche el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para recibir la carne.
Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en la punta de la mesa que quedaba cerca de la puerta por donde Jim entraba siempre. Entonces escuchó sus pasos en el primer rellano de la escalera y, por un momento, se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas plegarias por las pequeñas cosas cotidianas y ahora murmuró: "Dios mío, que Jim piense que sigo siendo bonita".
La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho, sólo tenía veintidós años y ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes.
Jim franqueó el umbral y allí permaneció inmóvil como un perdiguero que ha descubierto una codorniz. Sus ojos se fijaron en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar, pero que la aterró. No era de enojo ni de sorpresa ni de desaprobación ni de horror ni de ningún otro sentimiento para los que que ella hubiera estado preparada. Él la miraba simplemente, con fijeza, con una expresión extraña.
Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.
-Jim, querido -exclamó- no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No podía dejar de hacerlo. Mi pelo crece rápidamente. Dime "Feliz Navidad" y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan lindo te tengo!
-¿Te cortaste el pelo? -preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.
-Me lo corté y lo vendí -dijo Delia-. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto? Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?
Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad.
-¿Dices que tu pelo ha desaparecido? -dijo con aire casi idiota.
-No pierdas el tiempo buscándolo -dijo Delia-. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Nochebuena, muchacho. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mi pelo, uno por uno -continuó con una súbita y seria dulzura-, pero nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego? -preguntó.
Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia. Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta equivocada. Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante.
Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.
-No te equivoques conmigo, Delia -dijo-. Ningún corte de pelo, o su lavado o un peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.
Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se escuchó un jubiloso grito de éxtasis; y después, ¡ay!, un rápido y femenino cambio hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del departamento.
Porque allí estaban las peinetas -el juego completo de peinetas, una al lado de otra- que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con joyas y justamente del color para lucir en la bella cabellera ahora desaparecida. Eran peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos habían desaparecido.
Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:
-¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!
Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:
-¡Oh, oh!
Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.
-¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con ella puesta.
En vez de obedecer, Jim se dejo caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió.
-Delia -le dijo- olvidémonos de nuestros regalos de Navidad por ahora. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.
Los Reyes Magos, como ustedes seguramente saben, eran muy sabios -maravillosamente sabios- y llevaron regalos al Niño en el Pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad. Como eran sabios, no hay duda que también sus regalos lo eran, con la ventaja suplementaria, además, de poder ser cambiados en caso de estar repetidos. Y aquí les he contado, en forma muy torpe, la sencilla historia de dos jóvenes atolondrados que vivían en un departamento y que insensatamente sacrificaron el uno al otro los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy en día que, de todos los que hacen regalos, ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos.
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| Siempre fue el más fotogenico |
Siempre sospeché que Gaspar tenía algo en contra mío. Pero bueno, la bolsa todavía tiene un paquete más. Lo abro, y leo la nota, de Melchor esta vez. "Mirá negrito" escribió el viejo, "te harás el que lee, sabras sumar y restar, pero nosotros sabemos que es lo que te gusta. Tomá, el primero es gratis".
Me mandaron dos paquetes nada más. Pienso "este Baltasar, negro de mierda me cagó de nuevo", y llamo a la oficina central de personajes imaginarios, indignado. Me atiende una voz que delataba una fuerte adicción al tabaco (el conejo de pascuas, seguramente). Le expongo mi queja y me dice "¿Pero cómo?¿No le contaron? Baltasar sufrió una recaida. Sí como le digo. El chupe lo puede al negro. Y encima anda de fiesta en fiesta, no se pierde una. Despues si desea le mando un email con una foto, para que vea. Pero ahora Baltasar está en la clínica de rehabilitación 'Duraznos en almibar' y tiene para rato". Cuelgo resignado.
Al rato me llega el correo:
Y sí, el negro esta hecho mierda. Pero mal no la pasa. Sarna con gusto no pica, dicen.
martes, 4 de enero de 2011
La lluvia revisitada
"Cerca del mediodía de un ceniciento día de otoño hace algunos años estaba parado fuera de la estación de Oxford, con la intención de tomar el tren a Londres. Y por alguna razón, fuera de la flojera o el vacío de mi mente, o el cielo gris y pálido, o el frío; una especie de capricho me invadió, no iría en tren, sino que tomaría la calle y caminaría al menos una parte del camino a Londres. Yo no se si otras personas se comportan igual en estos asuntos, pero en mi caso siempre es el clima monótono, que podría ser llamado el clima inútil, el que despierta en la vida la sensación de acción y romance. Durante los días de un azul brillante no necesito que pase nada, el mundo esta completo y hermoso, es una cosa para contemplar. No pediría más aventuras que en la iglesia. Pero cuando el fondo de la vida del hombre es un fondo gris, yo, en el nombre de la sagrada supremacía del hombre, deseo pintarlo de fuego y sangre. Porque cuando los cielos fallan el hombre se rehúsa a fallar; cuando el cielo parece tener escrito, en letras de plomo y plata pálido, que nada ocurrirá es cuando el alma inmortal, el príncipe de las criaturas se alza y proclama que algo ocurrirá, aunque sea el asesinato de un policía."
De "The secret of a train" de G. K. Chesterton
Cuando leí este fragmento me sorprendió lo parecida que era la opinión de Gilbert a la mía con respecto a la lluvia. Y es que cuando llueve yo también me siento invadido por esa sensación de romance y acción que el menciona. No dudo ni un instante en ganar la calle y caminar bajo la lluvia. Claro que antes lo hacía con la impunidad de una salud invencible, ahora suele tener sus consecuencias, aunque no son tan graves.
Mi mejor recuerdo relacionado con la lluvia es también el recuerdo del que probablemente haya sido el mejor regalo que hice. Después de haberlo pensado unos días sabía que iba a regalarle: un naranjo. Agarré entonces la bicicleta y fui al vivero, pasando antes por donde trabajaba en ese momento, para dejarla. Ya en el vivero, en la caja, con la planta en el carrito me dicen que el flete me iba a salir algo así como el doble de lo que valía la planta. No muy contento salgo con la planta a cuestas y vuelvo al trabajo, a pensar como llevarme la planta.
Mientras, el cielo se había llenado de nubes negras, listas para descargarse. Acá el clima cambia en un parpadeo y sin aviso.
Después de varias consultas telefónicas llegué a la conclusión de que ni taxis ni remises me iban a llevar a casa. Y ahí se larga a llover. Y ahí el espíritu de acción y romance. Con unas sogas até el naranjo al cuadro de la bicicleta, de una forma que me dejaba pedalear sin romper la planta. Y la lluvia se largo más fuerte. Los veinte-veinticinco minutos más felices que jamas pasé. Pedaleando en medio de la lluvia, sonrisa de oreja a oreja, con un naranjo entre las piernas, mientras los autos pasaban, con los conductores mirando sorprendidos.
Mientras, el cielo se había llenado de nubes negras, listas para descargarse. Acá el clima cambia en un parpadeo y sin aviso.
Después de varias consultas telefónicas llegué a la conclusión de que ni taxis ni remises me iban a llevar a casa. Y ahí se larga a llover. Y ahí el espíritu de acción y romance. Con unas sogas até el naranjo al cuadro de la bicicleta, de una forma que me dejaba pedalear sin romper la planta. Y la lluvia se largo más fuerte. Los veinte-veinticinco minutos más felices que jamas pasé. Pedaleando en medio de la lluvia, sonrisa de oreja a oreja, con un naranjo entre las piernas, mientras los autos pasaban, con los conductores mirando sorprendidos.
¿Cómo?¿No les había dicho? Me encanta la lluvia. Me encanta estar en la lluvia. Aunque algunos dicen que fue para ahorrarme el flete.
lunes, 3 de enero de 2011
Del Dicho al Hecho Hay Mucho Trecho
La simetría siempre tiene su encanto. Y está presente en casi todos lados: la naturaleza, las matemáticas, el arte. Incluso hay estudios científicos que dicen que la clave del atractivo de una persona está en la simetría.
Movido por esa idea, tenía la intención de usar una especie de simetría circular, y hacer este post relacionado con el contenido del primero. Se me ocurrió que sería buena idea poner una imagen actual del graffiti. Cada vez que viajo en colectivo lo veo, y sigue ahí, aunque estuvo tapado mil veces por afiches de circos, de circos sindicalistas y de espectáculos de todos los tipos. Pero siempre lo veo en movimiento, sin chance de sacarle foto. Y no voy a andar bajándome antes para eso, tampoco la pavada.
Entonces, hace diez días, mas o menos, caminando en busca de una pinturería me crucé con otra pintada que también me cayó simpática, lo suficiente como para pensar que vendría bien para este posteo. Y le saqué UNA foto (con el celular). El asunto es que debo tener alguna clase de problema motriz, porque este es el resultado de apuntar el aparato y apretar el botón:
Y así es como desperdicié una idea que me parecía interesante con una implementación de cuarta. Como soy consciente de que me pasa seguido me compré el libro que les mostré en un post anterior. También por culpa de esto es que tengo varias entradas que me dan vueltas en la cabeza pero no sé como llevarlas a cabo con un resultado digno.
*****
Sería un poco triste terminar la entrada así. Porque a veces pego una buena foto, aunque sea con la triste cámara del celular. Y mirando me acordé de lo único bueno que encontraba yendo a trabajar en verano. El año pasado a esta altura, o sea en verano, salía de casa a las cinco y media y en bicicleta recorría el camino al trabajo cuando empezaba a salir el sol. Y por suerte había algunas partes del recorrido que eran lo suficientemente llanas como para conseguir ver esto:
Eso que parece un bicho bolita patas arriba es el estadio mundialista
Acerca de seguir usando la simetría les digo que el próximo post volverá sobre las palabras de Chesterton acerca de la lluvia. Y después no jodo más con el asunto (al menos por un rato).
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