miércoles, 7 de diciembre de 2011

La Pared

     «¡Perdone! —dirá alguno—. Pero entonces usted, ¿por qué protesta? Dos y dos son cuatro. A la naturaleza no le importan sus pretensiones; no le preocupan sus deseos; no le importa si sus leyes le convienen o no. Usted debe aceptarla como es y a aceptar todo lo que procede de ella. La pared es una pared...», etcétera. Pero ¿qué importan, Dios mío, las sabias leyes de la naturaleza y la impecable aritmética si, por un motivo u otro, esas leyes y ese «dos y dos son cuatro» no me placen? Evidentemente, no puedo romper la pared con la cabeza, porque mis fuerzas no alcanzan para ello; pero me niego a aceptarla simplemente por que sea de piedra y yo no tenga fuerzas para romperla. ¡Como si esa pared pudiera dar alguna paz!
     ¡Como si uno pudiera reconciliarse con lo imposible por el simple hecho de que se funda sobre el «dos y dos son cuatro»! ¡Es lo más ridículo que puede imaginarse!
     ¡Cuánto más terrible es entenderlo todo, tener clara conciencia de todas las imposibilidades, de todas las paredes de piedra, y decidir no humillarse ante ninguna de esas imposibilidades, ante ninguna de esas paredes si ello nos repugna! ¡Cuánto más difícil es llegar, siguiendo las deducciones lógicas, a la posición más desesperante respecto a nuestra parte de responsabilidad en la pared de piedra (aunque está muy claro que no tenemos nada que ver con eso), y, en consecuencia, hundirnos, en silencio pero apretando los dientes con voluptuosidad, en la inercia, sin dejar de pensar que en verdad no podemos rebelarnos contra nadie, porque, sencillamente, no tenemos a nadie contra quién rebelarnos! ¡Y nunca lo tendremos, porque todo es una gran mentira, un engaño, un caos! No sabemos de «qué» ni «quién», pero si sabemos que por todos los engaños y por toda nuestra ignorancia, sufrimos, y tanto más cuanto menos comprendemos.

Fiodor Dostoyevski, Memorias del Subsuelo, Primera parte, Capitulo III (Fragmento).

2 comentarios:

Anónimo dijo...

La ignorancia es un rasgo del ser humano. Algunas personas aceptamos nuestra propia ignorancia y defectos.
Pero al parecer hay muchísimas "mentes brillantes" (obviamente más inteligentes que quien les escribe), que no pueden ver la soberbia que en ellos existe pero si pueden verla en el ojo ajeno, ese único ojo con el que puede ver.
Ojalá "las mentes brillantes" hubieron ayudado a ver al tuerto y no sacarle su único ojo con odio y furia.
Pero eso sería mucho pedir.
Que pase ud. una excelente semana.

Anónimo dijo...

Me olvidaba: excelente la animación que se puede apreciar a la derecha.
Felicitaciones de mi parte al autor.

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