miércoles, 21 de agosto de 2013

Más Pessoa

     Ahora es necesario que diga qué especie de hombre soy. Mi nombre no importa, ni cualquier detalle externo sobre mí. Es acer­ca de mi carácter que algo debe ser dicho. 
     Toda la constitución de mi espíritu está hecha de vacilación y de duda. Nada es o puede ser positivo para mí; todas las cosas osci­lan a mi alrededor, y yo con ellas, una incertidumbre para mí mis­mo. Todo para mí es incoherencia y mutación. Todo es misterio y todo es significado. Todas las cosas son "desconocidos"  simbólicos del Desconocido. El resultado es horror, misterio, un miedo dema­siado inteligente.
     Por mis tendencias naturales, por el ambiente que rodeó mi in­fancia, por la influencia de los estudios realizados bajo el impulso de estas mismas tendencias, por todo esto mi carácter es del géne­ro interior, egocéntrico, callado, no autosuficiente, sino perdido en sí mismo. Toda mi vida ha sido de pasividad y sueño. Todo mi ca­rácter consiste en la aversión, en el horror, en la incapacidad, que impregnan todo lo que soy, física y mentalmente, de actos decisi­vos, de pensamientos definidos. Nunca tomé una resolución naci­da del autodominio, nunca di señales exteriores de una voluntad consciente. Ninguno de mis escritos fue concluido; siempre se interpusieron nuevos pensamientos, asociaciones de ideas extraordinarias, imposibles de excluir, con el infinito como límite. No con­sigo evitar la aversión que tiene mi pensamiento por el acto de acabar sea lo que fuera. Una única cosa suscita diez mil pensamien­tos, y de esos diez mil pensamientos surgen diez mil interasociaciones, y no tengo fuerza de voluntad para eliminarlos o detener­los, ni para reunirlos en un solo pensamiento central, donde sus detalles sin importancia, pero asociados a ellos, puedan perderse. Pasan dentro de mí; no son pensamientos míos, sino pensamien­tos que pasan dentro de mí. No reflexiono, sueño; no estoy inspi­rado, deliro. Puedo pintar, pero nunca pinté; puedo componer mú­sica, pero nunca compuse. Extrañas concepciones en tres artes, en­cantadores vuelos de imaginación me acarician el cerebro; mas los dejo allí dormitar hasta que mueren, pues no tengo poder para dar­les cuerpo, para transformarlos en cosas del mundo exterior.
     Mi carácter es tal que detesto el principio y el fin de las cosas, pues son puntos definidos. La idea de que se encuentre una solu­ción para los más elevados, más nobles, problemas de la ciencia, de la filosofía, me aflige; la idea de que algo pueda ser determinado so­bre Dios o sobre el mundo me horroriza. Que las cosas más impor­tantes se realicen, que todos los hombres vengan un día a ser feli­ces, que se descubra una solución para los males de la sociedad, sólo imaginarlo me enloquece. Con todo, no soy malo ni cruel; soy lo­co, y eso de un modo difícil de concebir.
     Aunque haya sido un lector voraz y ardiente, no recuerdo ningún libro que haya leído, a tal punto eran mis lecturas estados de mi pro­pio espíritu, sueños míos, o antes, provocaciones de sueños. Mi pro­pio recuerdo de los acontecimientos, de las cosas externas es vago, más que incoherente. Me estremezco al pensar qué poco queda en mi espíritu de aquello que fue mi vida pasada. Yo, el hombre que sostie­ne que el día de hoy es un sueño, soy menos que una cosa de hoy.

Fernando Pessoa

1 comentario:

nele dijo...

lo leí enterito y me asimilo con usted en un 89% de la cuestión. pensando tanto que termino pensando nada.
al final es como que en nuestra cabeza termina existiendo un mundo paralelo al que vivimos, lo cual está buenisimo pero también es aterrador
saludetes cósmicos! suele pasar...
te seguiré hasta el infinito!

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