sábado, 29 de octubre de 2011

La caja de bombones

       La señora Eufrosina recibió para su cumpleaños, entre otros regalos, una preciosa caja de bombones. Los bombones, que no eran pocos, parecían muchos, por lo bien arreglados que estaban entre brillantes tiritas de papel plateado y dorado. Enrique entregó el regalo a su madre y le pidió que abriera el paquete antes de que llegaran las visitas.
        En cuanto Enrique vio la caja abierta, contó los bombones y le dijo:
        —¡Qué pocos! Son diez, mamá, y nosotros seremos doce.
        —Angurriento.
        —Es por ustedes —contestó Enrique, previendo que no alcanzarían para las visitas si los comían los chicos, como él esperaba.
        En efecto, doce chicos llegaron más tarde; algunos con sus madres y otros solos o acompañados por un perro de confianza, que los esperaba en la puerta. ¿Eran doce chicos para comer diez bombones? No. Debajo de la engañosa y brillante capa de papel dorado y plateado que albergaba los primeros bombones,
había otra bandejita de bombones discretamente ocultos entre papeles finos, como pelos de plata, para dar mayor placer a los golosos.
        —¡Qué felices son los chicos! —suspiraban algunas madres, y las señoras que no tenían hijos se limitaban a decir "Qué amor, qué amor, qué amor", en el momento en que, tomando el té, al dejar la taza sobre el platillo floreado, miraban por la ventana cómo jugaban aquellos angelitos, tan parecidos a los que decoraban la porcelana.
        La señora Eufrosina de pronto se excusó. Inútilmente las visitas le alabaron el peinado para que no se fuera.
        —Eufrosina, qué hermosos bucles te has hecho —le decían—. Qué divino color de canela tiene tu pelo.
        Eufrosina fue a su dormitorio, buscó la caja de bombones. Acudió, corriendo, al patio, abrió la caja y gritó a los chicos:
        —Tengo una sorpresa para ustedes, niños.
        La palabra niño era de buen o de muy mal augurio.
        Los chicos la rodearon, más bien rodearon la caja de bombones, pues ya habían sentido el olor a chocolate.
        —Elijan, hay que saber elegir, elijan —dijo sin probar un solo bombón. Así son las madres.
        Pero los chicos metían la cabeza o trataban de meterla adentro de la caja, sin decidirse. ¿Quién se decide a elegir entre tantas cosas bonitas?
        —¿De qué son? —preguntaban todos a la vez.
        —Este es de licor, éste es de avellana, éste es de almendra, éste es de menta, éste chiquito es de cerveza, éste es de dulce de leche, éste de café, éste de chocolate, no, es de nuez; qué le vas a hacer si no te gusta, éste de turrón, éste de no sé qué. Vamos. Elijan.
        Ninguno de los chicos se decidía, pero Pepe, que además de parecer tonto era muy inteligente, pensó que el mejor modo de elegir era tratar de imaginar el anillo o el broche que podrían hacer con cada uno de los papelitos brillantes que los envolvían. Pepe eligió el bombón de envoltura más deslumbrante, sin preocuparse de su contenido.
        —El gusto de comerlos se va en seguida —dijo—, pero los papelitos sirven de anillos o de broches, de medallas o de condecoraciones.
        —Vamos. Elijan de una vez, o mis visitas se irán si las dejo tanto tiempo solas —protestó la dueña de casa.
        Los chicos entrechocaban sus cabezas para mirar mejor el interior de la caja, todos al mismo tiempo, como si tuvieran cabezas diminutas o como si la caja fuera muy grande.
        —Yo quiero el rosado, porque va bien con mi vestido —dijo Felisa. Sabía que los rosados eran los más grandes.
       —Yo, el naranja —dijo Francis— porque, aunque me digan que es de avellana, creo que es de naranja. De otro modo, ¿por qué sería naranja el papel? Voy a hacerme un anillo de coral.
        —Yo quiero el de pintitas —dijo Robert—. Parece un huevito de Pascua.
        —Yo quiero el de no sé qué —dijo Alejo, con sonrisa filosófica.
        —Yo, el violeta —dijo Flaminia—. Me gusta porque es feo. Cuanto más feo más rico, decía mi niñera, porque tenía un novio feo.
        —Yo, el verde —dijo Esmeralda— porque me llamo Esmeralda.
        —Yo, el dorado —dijo Elisa—. Me gusta más el oro que la plata.
        —Yo quiero el celeste —dijo Livia.
        —No hay celeste —dijo Ramón—. Y si hubiera sería para mí.
        —Hay, hay, hay.
        —No hay que pelearse, porque hoy es el cumpleaños de mamá —dijo Enrique—. Este es celeste y basta.
        —Es lila. Bueno, es lo mismo —dijo Ramón.
        —Yo quiero el azul —gritó Alberto—. Me lo reventaron. ¿Quién le clavó un diente?. Parecemos muertos de hambre.
        Cada chico tomo su bombón, casi todos contentos, porque por un milagro de la suerte, que nunca falta, cada uno pudo elegir el que más le gustaba.
        Salvo uno, que no quiso elegir ni comer, porque no le gustaban los bombones. Se llamaba Conrado.
        El primero en probar fue Alejo. Con la boca llena, dijo:
        —Es bárbaro.
        Cuando terminó de comerlo, enrolló el papel brillante, a rayas, y se hizo un anillo que pegó con saliva al dedo, para que no se deshiciera. Inmediatamente se llenó de cascabeles y de cintas y comenzó a dar brincos en el aire. Se colgaba de los marcos de las puertas como si fueran trapecios y saltaba sobre los muebles con rapidez extraordinaria. No había forma de seguir sus movimientos, y tan acelerados eran que en su vértigo parecía no uno solo, sino varios acróbatas. Las visitas miraban desde la ventana a este inesperado saltimbanqui.
        —¿De dónde lo sacaste? ¿De un circo? —preguntó una señora a la dueña de casa—. ¡Qué fiesta!. Hasta con acróbatas, y qué vestimenta. Haces bien, querida.
        La dueña de casa no quiso desilusionar a sus invitadas y las dejó que pensaran que el acróbata, que parecía varios, era contratado. Al cabo de un rato el acróbata se cansó y felizmente perdió el anillo.
        La segunda fue Esmeralda, que devoró el bombón para hacerse con más prisa el anillo.
        —Es de esmeralda —dijo.
        En cuanto se lo puso, empezó a coser en una máquina eléctrica que encontró en el cuarto de costura. De una cortina hizo un gigantesco vestido, de un mantel dos pantalones, de un canasto de mimbre un sombrero. Por suerte, la dueña de casa no la veía, porque, a pesar de su habilidad, verla trabajar con tanta rapidez inspiraba miedo.
        Flaminia, después de comer su bombón, se hizo un broche muy bonito y se lo prendió al cuello. No tuvo tiempo de recibir felicitaciones de los otros chicos, que tenían la boca llena y no podían hablar, porque ya estaba volando a la altura del primer piso, agitando la mano como un pañuelito.
        En cuanto comió su bombón y se puso el anillo de coral rosado, Felisa corrió al piano; con tanta perfección tocó los valses nobles y sentimentales que las visitas creyeron que era una pianista contratada para la fiesta. Eufrosina recibió las felicitaciones con agrado.
        Alberto, con su anillo azul, dibujaba líneas más graciosas que las que se ven en los dibujos animados.
        —Flaminia, Flaminia, no vueles tan alto —gritó Enrique, que no se había puesto ningún anillo, porque era muy torpe para hacer trabajos manuales.
        El malabarista, por girar sobre un dedo como un trompo, se lo lastimó. El prestidigitador había roto un florero. ¿La eficacia de los anillos y broches no era, pues, perfecta como parecía a primera vista?.
        Enrique subió corriendo las escaleras hasta el quinto piso, donde vivían otras personas. Pidió permiso a los inquilinos, entró y se asomó a una ventana por donde casi pudo tocar a Flaminia, que iba y venía en el aire como un pájaro. Vio que el broche tan bonito se le había enredado en el pelo enrulado.
        —Sentate sobre el balcón y sacate el broche —le gritó, estirando el brazo.
        —No puedo —contestó Flaminia—, ¿no ves que vuelo con los brazos?.
        Enrique, exponiendo su vida, se asomó al balcón, tomó a Flaminia de la mano y con todas sus fuerzas la atrajo hasta el borde del balaustre, quitándole con una mano el broche del pelo. Sin lastimarse, cayó Flaminia en el balcón.
        La fiesta no se interrumpió en el piso bajo, porque las personas grandes, como suele suceder, no se daban cuenta de nada. Aclamaron la llegada de Flaminia y Enrique, por una coincidencia: como iban tomados de la mano parecían novios.
        —Si la casa quedó sin cortinas fue una suerte —dijo una de las invitadas—. Eran de género de vestidos y quedaban mal.
        Pero lo dijo porque quiso consolar a la dueña de casa, que las había cosido con su propia máquina de coser.
        Había aún bombones en la caja y Alejo, con sonrisa filosófica, los ofreció a las invitadas, diciéndoles que después les harían anillos.
        —Engordan —dijo la invitada que estaba dispuesta a aceptar.
        —No engordan. Son mágicos —contestó Alejo—. ¿No ve cómo brillan?.
        —No todo lo que brilla es oro —contestó la invitada, que había regalado los bombones.
        —Pero no es oro, es chocolate.
        —Chocolate por la noticia.
        —¿Todavía se dice eso?.
        —¿Dónde están nuestros anillos? —clamaron los chicos—. Esta vez vamos a aprovecharlos mejor.
        —¿Para qué? —preguntó Alejo.
        Buscaron y buscaron, pero no los encontraron en ninguna parte. Las invitadas sonrieron, pues no sabían lo importante que había sido tener esos anillos y después perderlos. Se dejaron tentar por el brillo de los bombones, por el olor del chocolate. Tardaron en elegir el bombón que más les gustaba, porque varias querían el mismo y estiraban la mano para tomarlo y luego la retiraban por educación, por no quitar a la otra lo que a ellas también les gustaba. Finalmente todas comieron un bombón. Alejo recogió los papeles, formó los anillos que las señoras, para seguir el juego, se pusieron. No bien terminó de distribuir los anillos, cosa que Alejo hizo con rapidez de relámpago, las invitadas empezaron a inflarse, revistiéndose de una finísima envoltura de colores brillantes.
        Ni una arruga en la tersa piel, ni una mancha.
        Una de las invitadas alegremente se miró en el espejito de su polvera.
        —Qué gorda estoy. No me reconozco.
        —Es natural. Somos hiperbóreas.
        —¿Qué quiere decir?.
        —¿Que no somos de este mundo?.
        —Somos de la zona circumpolar septentrional.
        —Van a volar, van a volar —gritó Alberto, con júbilo.
        —¡Qué injusticia! dijo Francis—. Ninguno de nosotros fue globo. Voy a comer un bombón y a ponerme un anillo.
        Francis comió un bombón y en vez de volverse globo, se volvió helicóptero, lo que fue más divertido.
        Los globos sonrieron sin advertir el peligro que los amenazaba: el de volar hasta el cielo. Uno que estaba fumando un cigarrillo, lo escupió. Otro se tragó un carozo. Ya empezaban a desprenderse del suelo. Todos eran lindísimos, con sus caras redondas.
        —Sáquense los anillos, los broches, las condecoraciones —gritó Esmeralda—, los aprovecharemos nosotros.
        Las invitadas nunca habían hecho nada con tanta rapidez: se quitaron los anillos, los adornos y se desinflaron.
        La fiesta resultó un éxito. Nunca se repetiría otra igual. Pero Francis, la valiente, no quería quitarse el anillo, y llegó hasta el patio volando. Allí se le cayó el anillo, por suerte.
        Esmeralda, que era tenaz, sacó de la caja el último bombón, el que había desdeñado Conrado, y se lo dio a uno de los perros, que esperaba en la puerta y con el papel hizo una condecoración, que le colgó del collar. Lo que sucedió fue maravilloso, pero terrible: el perro salió volando de la casa y hasta el día de hoy hay personas que lo ven volar sobre las casas, en días muy claros. Tal vez volverá alguna vez. Estará muy contento de ser, o más bien de llamarse como lo llaman. El primer perro hiperbóreo; pero a Conrado se le cayeron las lágrimas, porque era el dueño del perro y lo quería mucho. ¡Yo nunca olvidaré aquella caja de bombones!

Silvina Ocampo

2 comentarios:

Lunática dijo...

-Dicen que la vida es como una caja de bombones, nunca sabés qué te va a tocar. Pero ojo con la elección... el bombón de envoltura más deslumbrante no te asegura un contenido próspero.

Ivana dijo...

Qué linda que es Silvina, la voy a releer. Gracias, Mr Popo, por traérmela de vuelta :)

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