lunes, 21 de marzo de 2011

¿Esto no será un prólogo, no?

     Todos los libros tendrían que tener esto:


     Apenas leí esto me puse a pensar en los prólogos. Me parece bien que existan, en la medida que no arruinen el resto del libro. En particular me acuerdo del prólogo de El ingles de los güesos, que sin pelos en la lengua te cuenta el final, arruinandote las sorpresas, revelaciones y secretos de los que habla la Introducción General de arriba. Hay otra clase de prólogos, los que son escritos por tipos que pretenden ser mejores que el texto prologado. Esto casi me arruina los Tres relatos porteños:


     En mi opinión, de haber prólogo, tendría que ser escrito por el autor del libro. El resto tendrían que ser o bien epílogos, o un bollo de papel en un tacho de basura. 
    De los escritos por el autor hay un montón de buenos prólogos. Siempre tengo presente a Don Camilo, por poner un ejemplo más cercano al gusto personal que a la calidad. 
    
     Esto que escribo en realidad es todo un preámbulo (¡JA!) a lo que realmente quería traer. Es el prólogo de Los lanzallamas  (libro que todavía no leí, que le vamos a hacer) de Roberto Arlt:

Con Los lanzallamas finaliza la novela de Los siete locos.

Estoy contento de haber tenido la voluntad de trabajar, en condiciones bastante desfavorables, para dar fin a una obra que exigía soledad y recogimiento. Escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana.

Digo esto para estimular a los principiantes en la vocación, a quienes siempre les interesa el procedimiento técnico del novelista. Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras.

Orgullosamente afirmo que escribir, para mí, constituye un lujo. No dispongo, como otros escritores, de rentas, tiempo o sedantes empleos nacionales. Ganarse la vida escribiendo es penoso y rudo. Máxime si cuando se trabaja se piensa que existe gente a quien la preocupación de buscarse distracciones les produce surmenage.

Pasando a otra cosa: se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de su familia.

Para hacer estilo son necesarias comodidades, rentas, vida holgada. Pero por lo general, la gente que disfruta de tales beneficios se evita siempre la molestia de la literatura. O la encara como un excelente procedimiento para singularizarse en los salones de sociedad.

Me atrae ardientemente la belleza. ¡Cuántas veces he deseado trabajar una novela, que como las de Flaubert, se compusiera de panorámicos lienzos…! Mas hoy, entre los ruidos de un edificio social que se desmorona inevitablemente, no es posible pensar en bordados. El estilo requiere tiempo, y si yo escuchara los consejos de mis camaradas, me ocurriría lo que les sucede a algunos de ellos: escribiría un libro cada diez años, para tomarme después unas vacaciones de diez años por haber tardado diez años en escribir cien razonables páginas discretas.

Variando, otras personas se escandalizan de la brutalidad con que expreso ciertas situaciones perfectamente naturales a las relaciones entre ambos sexos. Después, estas mismas columnas de la sociedad me han hablado de James Joyce, poniendo los ojos en blanco. Ello provenía del deleite espiritual que les ocasionaba cierto personaje de Ulises, un señor que se desayuna más o menos aromáticamente aspirando con la nariz, en un inodoro, el hedor de los excrementos que ha defecado un minuto antes.

Pero James Joyce es inglés. James Joyce no ha sido traducido al castellano, y es de buen gusto llenarse la boca hablando de él. El día que James Joyce esté al alcance de todos los bolsillos, las columnas de la sociedad se inventarán un nuevo ídolo a quien no leerán sino media docena de iniciados.

En realidad, uno no sabe qué pensar de la gente. Si son idiotas en serio, o si se toman a pecho la burda comedia que representan en todas las horas de sus días y sus noches.

De cualquier manera, como primera providencia he resuelto no enviar ninguna obra mía a la sección de crítica literaria de los periódicos. ¿Con qué objeto? Para que un señor enfático entre el estorbo de dos llamadas telefónicas escriba para satisfacción de las personas honorables:

"El señor Roberto Arlt persiste aferrado a un realismo de pésimo gusto, etc., etc."

No, no y no.

Han pasado esos tiempos. El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un "cross" a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y "que los eunucos bufen".

El porvenir es triunfalmente nuestro.

Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes, frente a la "Underwood", que golpeamos con manos fatigadas, hora tras hora, hora tras hora. A veces se le caía a uno la cabeza de fatiga, pero…. Mientras escribo estas líneas pienso en mi próxima novela. Se titulará El Amor brujo y aparecerá en agosto del año 1932.

Y que el futuro diga.

Roberto Arlt


     Y ahora que leíste el prólogo (que se queja de los prólogos) a un prólogo, ¿Hay alguno (bueno o malo) que no puedas olvidar?

5 comentarios:

Realmentealpedo dijo...

Eso pasa en muchos libros, y es bastante molesto, porque como vos bien decís: "Hay otra clase de prólogos, los que son escritos por tipos que pretenden ser mejores que el texto prologado". Por jemplo, hace algunos meses leí Frankestien, y el libro tenía unas 300 páginas de las cuales 80 era el prólogo de un argentino que se quiso subir a caballito de la obra de Shelley. Otro ejemplo, (ya que mencionaste a Arlt) es de "Los siete locos" cuyo prólogo (escrito por su hija si mal no recuerdo), también es bastante largo.

En cuanto a Arlt, si bien tiene razón en lo que dice (y me río bastante cuando empieza a tirar palos al movimiento florida), eso no quita de que escriba bien. Me encantaron sus obras de teatro (porque, después de todo, son diálogos), pero cuando tiene que describir una escena, como en los siete locos...bueno, se vuelve bastante denso y digamos que no era muy amigo de la gramática...

Saludos!

Eve Verdandi. dijo...

Hay veces que en la historia, el final se sabe de antemano (como en El Tunel, de Sabato), entonces que el prologo lo diga, no supone tanto drama.

Lo que me enoja de los prologos es lo laros que tienden a ser. Cuando veo que tienen 5 pags o mas, me lo salto. No, no da jajajaj.

Pero algunas veces son interesantes. Contadas, po supuesto.

Frestón dijo...

Esto del cross a la mandíbula no lo he olvidado nunca. "Puto el que lee", de Fontanarrosa, tampoco.

El prólogo que le hace Borges a Bioy en "La invención de Morel" es tan bueno, también, que si yo hubiese sido Bioy le repartía una piña, de pura admiración.

Frestón dijo...

Y ya que mencionamos a Sábato y cross en la mandíbula recuerdo su prólogo a "Sobre héroes y tumbas", una parte en la que dice algo así como "le dedico esta novela a la mujer sin la cual no hubiera podido realizarla".
Búsquenla... y CROSS!!!

Mr. Popo dijo...

R.a.p.: Por suerte la versión berretonga de los siete locos que tengo en el buffer de lectura no tiene prologo. Lo de la gramática, me pregunto si a veces no lo haría a propósito.

Eve: Puaj, Sabato! :P

Frestón: Quien tuviera un amigote así.
Y ya que mencionamos a Sabato, ¡puaj!
(Nota al margen: ya conseguí Adan Buenosayres, más te vale que me guste, o sino...)

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