domingo, 19 de junio de 2011

Pessoa Explica

     El disgusto de no encontrar nada lo hallé en mí poco a poco. No hubo para ello razón ni lógica, a no ser un escepticismo que ni siquiera buscaba el respaldo de una lógica para justificarse. Concentrado en todo esto, no pensé — ¿por qué habría yo de pensarlo? — qué significaba ser sano. ¿Qué seguridad tenía yo de que ese estado de alma mío debía pertenecer a la enfermedad? ¿Quién puede afirmar que, siendo enfermedad, la enfermedad no resulta más deseable, o más lógica, o más [], que la salud? Aun siendo preferible la salud, yo no era un enfermo sino porque naturalmente lo era, ¿por qué ir contra la Naturaleza, que para algún fin, si fin ella tiene, me querría ciertamente enfermo?
     Nunca encontré argumentos más que para justificar la inercia. Día a día, más y más, se infiltró en mí la conciencia sombría de mi inercia de renunciante. No hice sino buscar modos de inercia, consagrarme a huir de todo esfuerzo que pudiera hacer por mí mismo, de toda responsabilidad social — tallé en esa materia de [] la estatua pensada de mi existencia.
     Dejé lecturas, abandoné casuales caprichos de este o de aquel modo estético de la vida. De lo poco que leía, aprendí a extraer sólo elementos para el sueño. De lo poco que presenciaba, me apliqué a sacar apenas lo que se podía, en un reflejo distante y equivocado, a perdurar más dentro de mí. Me empeñé en que mis pensamientos, todos los capítulos cotidianos de mi experiencia, me brindasen tan sólo sensaciones. Le impuse a mi vida una orientación estética y encaucé esa estética hacia lo puramente individual. La hice sólo mía.
     Me apliqué después, en el transcurso buscado de mi hedonismo interior, a escabullirme de las sensibilidades sociales. Lentamente me acoracé contra el sentimiento del ridículo. Me enseñé a ser insensible ya sea hacia las demandas de los instintos, ya sea hacia las solicitaciones [].
     Reduje a un mínimo mi contacto con los otros. Hice lo que pude para perder todo apego a la vida. []. Incluso del afán de gloria lentamente me despojé, como quien lleno de cansancio, se desviste para descansar.

Fernando Pessoa, Libro del Desasosiego, Fragmento 251. 

2 comentarios:

Frestón dijo...

Uh.
Nunca leí Pessoa, ¿decís que empiece con Libro del desasosiego?
A mí me parece que el empeño hacia la inercia descalifica la inercia, que para ser tal debe serlo de por sí y no estimulada de alguna forma. La inercia deliberada se anula a sí misma como inercia, es una búsqueda, el resultado de una motivación. Me enredé.
Últimamente estoy largando la inercia, el abandono, la caparazón, pero arranco tarde, viendo posteos viejos ;)
Besitos Popo.

Mr. Popo dijo...

Es un buen comienzo, si. Pero no conviene leerlo cuando andas con el animo alicaído.

Entiendo lo que decís, no es tan enredado. Lo que yo creo es que por ahí él necesita justificar esa inercia para hacerla más soportable.
El pretender que es voluntaria da la sensación (falsa) de que uno la puede abandonar cuando quiere, pero el asunto esta lejos de ser así de fácil.

Te envidio. Yo tengo que dejar la inercia, pero me está costando horrores.

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